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¡Hola!

Este blog es un lugar, un lugar en movimiento para compartir.

Compartir los viajes, los paisajes, las vivencias, las alegrías, las reflexiones y, por qué no, las penas, que, esperamos, no sean muchas.

¿Por qué territorio? Porque es la tierra que nos aloja y es, también, el aire, el mundo material y simbólico, las ilusiones y herencias que también nos sostienen.

¿Por qué en movimiento? Porque, al movernos, lo cambiaremos y será cambiado. Por el paisaje, la gente, el camino, otros soles, nuevas lluvias; en este desafío de trasladarnos con nuestro territorio a largo plazo, en el tiempo y en el espacio.

¡Suban con nosotros y acompáñennos! ¡Pongámonos en movimiento!

Adriana y Nelson


8 sept 2012

Puerto Pizarro, Perú



01-09-12. No sabíamos si detenernos en Tumbes, cerca del límite con Ecuador, ya que, en general las ciudades fronterizas pueden ser complicadas. De todos modos averiguamos en esta ciudad para acercarnos al mar y nos remiten a Puerto Pizarro más al norte aún, informándonos que allí hay manglares. 

Vemos que nuestra idea de acercarnos más pausadamente hacia Ecuador, por una u otra razón, hace unos días que está siendo impracticable.  
Llegamos a Puerto Pizarro y encontramos un lugar acondicionado para el turismo. Muchas empresas y particulares que invitan a recorrer el manglar en botes grandes y chicos, excursiones desde 30 minutos a varias horas. 

Obviamente ningún manglar es igual a otro, pero como ya habíamos visitado uno que nos pareció bellísimo, y casi no nos quedaba dinero peruano, no nos terminamos de convencer. Sí escuchamos a la docena de vendedores que se nos acercaron (uno, lo hizo en tres oportunidades), sacamos una cuantas fotos, visitamos el excelente centro turístico donde asistimos a una elocuente charla por parte de Manuel y fuimos ¡reporteados! por Joe, un periodista local. 

Comentario aparte merecen las conversaciones que tuvimos con unos cuantos niños del lugar. Eran muy curiosos y hasta un poco intrusivos…

Desde el puerto, y por un pequeño sendero que recorrimos y llega al manglar, avistamos muchísimas aves y cangrejos, entre ellos el llamativo “cangrejo violín”.
El puerto con marea baja, lo verde son los manglares, al fondo se observa el mar.

El malecòn
Aves que quieren comer sin trabajar

















A la noche hubo casamiento y fiesta en el playón deportivo ubicado en el medio del pueblo pero, al igual que otros lugareños, no fuimos invitados. La música, que nos acompañó toda la noche, era en vivo, costumbre distinta a la Argentina.

Al otro día, aunque era domingo y “sabemos” que nos es un día ideal para cruzar una frontera, igualmente nos decidimos a pasar a Ecuador…
Con marea alta, bella puesta de sol en Puerto Pizarro.

En este bote no se ingresa al manglar.


Màncora y Punta Sal, Perú


29 y 30-08-12. Máncora no es lo que imaginábamos.  Hacia el sur los cerros llegan hasta el mar y es imposible pasar más allá. Hacia el norte hay una playa muy pequeña, con fuerte oleaje que, cuando la marea sube, la deja en proporciones casi de broma.



La calle peatonal, llena de negocios llega hasta el mar; a su alrededor muchos restaurants con su personal invitando a cada turista a que pruebe sus menús.




Gente de todas partes del mundo. Parece que hubiera un concurso de tatuajes. Nos da la impresión de que en cualquier momento pasará alguien contando cuántos tenemos.
Muchísimo artesanos, puestos callejeros y, por supuesto, muchísimos argentinos vendiendo comida para poder estar unos días más en Máncora.


A la mañana siguiente encontramos que, hacia el norte, la playa es muchísimo más extensa. Empezamos a caminar pensando que, según nuestra costumbre, iba a ser por horas. A los trescientos metros nos sale al paso un policía, que estaba sentado en una silla. Nos pregunta: “ a dónde van?” respondemos: “a caminar”. Dice: “no pueden ir más allá, los van a asaltar, con armas”. Le agradecemos y abreviamos sensiblemente la caminata.

A la tarde charlamos con gente en el malecón que nos confirma lo peligroso que es esa parte de la playa, para peruanos y extranjeros.


Donde la caminata se abreviò

Màncora a cuatro cuadras del centro


31-08-12. Insistimos con las playas y nos dirigimos a Punta Sal. Para ingresar hay que pasar por una barrera y el agente anota el número de placa, además de preguntar el motivo de la visita.

Diminuto, casi todas las casas dan al mar, las calles están separadas de la playa. Como no vemos información turística, oficina ni personal, preguntamos a una señora propietaria de un comercio dónde podríamos estacionar. Con cara de asco nos dice que preguntemos en la tranquera de vigilancia.

Nos vamos a tomar sol a la playa, a los veinte minutos llega un caballero con camisola bordada, impecablemente blanca y un gran collar trenzado, se presenta como el “teniente gobernador” (¡¿?!) y nos pide que corramos el vehículo. Admitimos que estaba cerca de una ochava, de una casa visiblemente deshabitada.
Nos indica dónde ponerlo y reitera varias veces que si alguien nos dice algo digamos que el “teniente gobernador” nos autorizó. Corremos el auto, comemos y les dejamos Punta Sal a los que les guste esa vida con restricciones, sectorizaciones, encorsetamientos.

Recorremos varias playas hacia el  norte. Las características son semejantes entre ellas (y totalmente opuestas a la que acabamos de dejar): mucha pesca artesanal, casitas pobres hacia la playa, con calles pequeñas como para intentar explorarlas, hasta que llegamos a Puerto Pizarro.

Ultimas playas en Perù



28-08-12. Llegamos a Los Órganos, un poblado en la costa que parece de película. El sol, alto, dibujaba en contraste a los barquitos pesqueros, la playa, muy ancha, con hermosa arena y cangrejos que se escondían al vernos pasar. 

Estacionamos en la rambla, en Perú le dicen malecón, frente a un par de escuelas.
Los niños peruanos van a la escuela enteramente uniformados, cada colegio tiene su color, que exhiben con orgullo. En algunas ciudades usan borlas o festones que cuelgan, lo que da un toque un tanto marcial para lo que acostumbramos a ver los argentinos.

A la mañana siguiente vienen a la playa a realizar sus actividades físicas. Frente a la costa, hay casas con verde y un clima de quietud y relax que… hace que partamos a Máncora, de la que tanto habíamos oído.

Un agradecido



26-08-12. Dejamos Lambayeque y partimos hacia Monsefú, atraídos por los comentarios sobre sus artesanías. Para ello volvemos a acercarnos a la playa, un poco al sur.
Monsefú es un pueblito muy pequeño, recorremos su feria. Bordados, cestería, objetos en madera y cerámica son las principales producciones del lugar.

Encontramos en un puesto a Cristian, peruano que, nos cuenta, vivió varios años en Argentina, en La Plata, y trabajaba en Buenos Aires, en el Once, Pueyrredón y Perón. 

Charlamos sobre Argentina y dice: “Yo estoy muy agradecido… allí trabajé, pude juntar plata y me volví a mi lugar porque el clima afectaba a mi hijito, allá lo atendían bien en los hospitales pero igual el invierno era muy frío.” Aquí puso su propio negocio, luego ha viajado varias veces a Argentina, en avión (transporte que conoció, según dijo, gracias a su trabajo allá) a visitar parientes en Mendoza y Córdoba, por ejemplo.

Continuando la conversación aparece el tema de la economía Argentina y comenta que su hermana, que estudia y trabaja en Argentina, ahora tiene dificultades para comprar dólares y enviarlos a Perú.

Luego de regatear el precio, de rigor en las ferias, acordamos comprar ocho platitos de cerámica. Los envuelve con papel y nylon, semi trapado por la gran cantidad de mercadería que había en el pequeño local, pagamos y nos vamos.

Nos dirigimos a Pimentel, un pueblito costero que se encuentra muy cerca de Monsefú, pero sobre la costa. Caminamos por la playa, aunque está bastante frío y, cuando vamos a acomodar los platitos ¡encontramos que nos dieron siete en vez de ocho! ¿Un error?

A la mañana siguiente volvemos a Monsefú, y esperamos a Cristian a que abra su negocio. Cuando llega, visiblemente sorprendido de vernos, le comentamos lo sucedido y nos entrega, sin mediar comentario alguno, el platito restante….

Unas horas en Chiclayo



Decidimos ir a Chiclayo a ver el Mercado Modelo.

Usamos el transporte comunitario, colectivos pequeños. Como siempre, toda una experiencia viajar en esos diminutos colectivitos, en los que casi no entramos sentados. Ni cabeza ni piernas tienen espacio para nuestra estatura y como, sí o sí hacen entrar a dieciséis pasajeros, algunos con muchos bultos y otros con niños a upa, el espacio se reduce notablemente teniendo cada uno que plegarse sobre sí mismo y abstenerse de querer hacer algún movimiento, siquiera con sus brazos.


















El Mercado es inmenso y abarrotado de cosas, con pasillos sumamente estrechos. Lo más llamativo para nosotros fue la sección del llamado “mercado de brujos”, en que venden elementos como amuletos, tónicos, huesos, víboras disecadas, muñecos de tela negros o rojos, cráneos de animales, cactus San Pedro, sumado a yuyos, velas, sahumerios y demás objetos comunes para acciones rituales.

La situación no dio como para sacar fotos, ya que ante alguna pregunta las respuestas eran secas, evasivas y cortantes. El olor y los objetos en sí mismos, acumuladas por doquier, creaban un clima oscuro e incómodo para nosotros. Además la mirada de los vendedores era expulsiva hacia estos extranjeros “blancos”.

Fuimos a la zona más céntrica y probamos la butifarra de chicharrón. Al regreso cruzando nuevamente el Mercado, nos avisan que una de las mochilas tiene el cierre abierto: habían intentado robarnos. Por suerte ese bolsillo, adrede, estaba vacío.