Bienvenida

¡Hola!

Este blog es un lugar, un lugar en movimiento para compartir.

Compartir los viajes, los paisajes, las vivencias, las alegrías, las reflexiones y, por qué no, las penas, que, esperamos, no sean muchas.

¿Por qué territorio? Porque es la tierra que nos aloja y es, también, el aire, el mundo material y simbólico, las ilusiones y herencias que también nos sostienen.

¿Por qué en movimiento? Porque, al movernos, lo cambiaremos y será cambiado. Por el paisaje, la gente, el camino, otros soles, nuevas lluvias; en este desafío de trasladarnos con nuestro territorio a largo plazo, en el tiempo y en el espacio.

¡Suban con nosotros y acompáñennos! ¡Pongámonos en movimiento!

Adriana y Nelson


22 abr 2013

Una tras otra


23-03-13. Paseamos por Cumana, la ciudad en su parte antigua está sucia y descuidada. El paseo cerca del río, más atendido, se encuentra lleno de gente por varias cuadras. Se trata de una nueva iniciativa del presidente a cargo, Nicolás Maduro, hay una feria donde se pueden comprar alimentos básicos a precios muy convenientes. Gente con chombas coloradas (bolivarianas, chavistas, socialistas) por todas partes, organizando, carteles que recuerdan y agradecen a Chavez, consignas por altoparlantes. 
Nos gustó que habían invitado a una compañía de danza con niñas pequeñas, al finalizar la actuación la directora le agradece al gobierno y hace proselitismo.













Subimos caminando hasta el Castillo de San Antonio de la Eminencia, construido en 1659, donde vivimos una experiencia muy fuerte.


Estamos de acuerdo con que cada persona quiera y deba trabajar para lograr su sustento pero, una persona muda tratando de hacer de guía en lo alto de la fortaleza…¡!


Hacía gestos fuertemente expresivos mientras señalaba algo en las piedras, no entendíamos a qué se refería pero le agradecimos su interés en aumentar nuestro conocimiento colonial.
Lo más impactante de la construcción fueron las dos pequeñas salas que servían de prisión. La más pequeña, de tamaño inverosímil, la usaban los españoles para dejar morir a los prisioneros sin comida ni bebida, con unos pequeños agujeros por donde, apenas, pasaba el aire.
Partimos hacia el Este bordeando el Golfo de Cariaco y teniendo todo el tiempo la Península de Araya a nuestra izquierda.
Empezó a caer la tarde cerca de Villa Frontado, como nos pareció un pueblo muy pequeño, casi asfixiante, decidimos seguir hasta Cariaco a pasar la noche, aunque nos desviaba de nuestro camino a la Cueva del Guácharo.
Llegamos y nos sorprendió la iglesia, parecía un castillo de estilo “flexible”. Caminamos por la plaza mientras escuchábamos charlar a viva voz a los parroquianos mientras degustaban cervezas y trataban de hacerse oír por sobre la música del local donde ellos mismos compraban las cervezas.

Preguntamos a la policía si podíamos dormir casi enfrente de la comisaría. Nos contestan que “si un vecino no se queja, no había problema” (¿?).
Cuando salimos de la casita para dar otra recorrida por el pueblo, una vecina (¿la que se queja?) nos pide que corramos el vehículo,"así la policía puede cuidar mi casa", expresó.
Volvemos a la policía para saber cómo se resolvía esto y una agente (que parece ya conocía ampliamente a esta vecina) nos dice que estacionemos al lado de la comisaría.
Además, consulta a su jefe para ver si tiene otra idea y éste dice que puede llamar al motorista (chofer) para que corra el patrullero (unos cinco metros) así acomodamos la casita más cerca, aprovecha y dice que “si nos parece” podemos colaborar…para el aceite del patrullero. Ponemos cara de que no entendemos de qué está hablando y le agradecemos a la agente su idea. Estacionamos más cerca de la policía (frente a la vecina que, por lo demás, de todos modos tenía el resto de su casa tapada por un camión).
Nos vamos a dormir y empieza a sonar música muy fuerte, creemos que en la placita frente a nuestro estacionamiento callejero. Dormimos entrecortadamente hasta que, de pronto, un fuerte golpe nos despierta. Pensamos que nos habían chocado otra vez. Descubrimos que un hombre borracho se había caído sobre el vehículo. No sabíamos qué hacer, el ambiente era hostil, la policía, por primera vez en Venezuela, no nos producía seguridad. Oímos que alguien le empieza a hablar a esta persona, la cual le contesta de modo poco coherente. A los dos días descubrimos un nuevo golpe en la chapa de la casita, tal vez allí golpeó el hombre embriagado, lo cual nos hizo preocupar por él.
Así nos dormimos otra vez, mientras oíamos música de fondo. A veces, por supuesto, las músicas se superponían.
Cuando amaneció salimos del nefasto pueblo.
El aire fresco de la montaña nos haría bien, supusimos, y, en general, según nuestra experiencia la gente que vive allí no es tan ruidosa.
Pocos kilómetros hacia el Oeste, desandando el camino de ayer, encontramos otra ruta que va hacia el Sur, así empezamos a regresar a Argentina. Aún faltan muchísimos kilómetros más y unos cuantos días pero las percepciones cambian, las sensaciones son de despedida, de Venezuela y de este viaje.
Empieza otro movimiento del territorio.

18 abr 2013

Playas Arapito y Colorada


22-03-13. Llegamos a tierra firme a las 3.30 hs. Al bajar del ferry le preguntamos a un agente de la Guardia Nacional dónde podíamos estacionar para dormir. Sin mucha cordialidad, el agente inquiere hasta qué hora estaremos y nos indica un lugar.

Puerto La Cruz

Cuando nos dirigimos allí, pasamos cerca de unos puestos de comida, donde habíamos degustado empanadas la semana anterior. El lugar estaba atestado de vehículos, gente bailando en la calle y música a volumen… inesperado.

Pensamos que a una hora “normal” la gente se iría a dormir, era jueves y, hasta ahora, sólo habíamos comprobado que en Brasil había fiesta los miércoles a la noche como si fuese un sábado.

Varias horas después la música hizo silencio, sólo para reanudarse al mismo gutural volumen. Además  ¡¡¡los mismo temas musicales que venimos escuchando hace meses!!!! ¡¡¡Que vuelva el rock nacional!!

Muy mal dormidos, a las 6.30 hs. salimos a buscar alguna otra playa. Aunque Margarita nos había sorprendido con la variedad y cantidad que posee, teníamos información que en el Parque Nacional Mochima también había excelentes.

Nos detenemos en Playa Arapito y, para entrar al estacionamiento, frenamos en una especie de casilla, bastante deteriorada. Preguntamos al hombre que se encuentra allí y nos dice que más adelante podemos estacionar, de paso nos pide cinco bolos (Bolívares) para una empanada. Lo miramos sorprendidos, el pedido no guardaba ninguna relación (aparente para nosotros) con lo que veníamos hablando. Como no reaccionamos nos pide dinero para afeitarse (¿¡!?), el caballero de esta pareja se pasa la mano por la cara y dice que él también necesita hacerlo, aprovechando la risa del gentil hombre avanzamos.

Apenas estacionamos nos sale al encuentro un encantador muchacho que nos ofrece viaje en lancha a las islas y algo dice sobre el cobro del estacionamiento, la situación nos produce hastío y volvemos a la ruta.

En el camino hacia el Este debatimos qué hacer. Seguramente todas las playas son iguales en el “formato” comercial. Decidimos hacer un día de playa ya que no muchas más conoceremos en el Caribe venezolano.

Entramos a Playa Colorada y cuando sale una joven de la casilla de ingreso acelero, cansado del acoso comercial. Estacionamos debajo de una profusa sombra. Nadie sale a pedirnos nada: perfecto.

La playa es hermosísima, la tierra roja que se veía a los costados de la ruta se transforma en arena de ese color que llega al mar, de un verde fantástico, la línea de palmeras, algunas con palmas levemente quemadas lo cual le da un color amarillo que enfatizan las profundidades del verde general, forman la típica postal que nos muestran cuando nos quieren vender un tour a Cuba o San Andrés, o Margarita.


Un sociable joven (tendrá nuestra edad) nos comenta que hay “aguas malas” (lo que en Argentina llamamos agua viva), que tengamos cuidado. Él las saca con una bolsa de plástico. Son inmensas y bellas.

Nos metemos en el agua, es una verdadera pileta, incluso tiene la temperatura más alta que en la isla. Nadamos un buen rato y salimos buscando un poco de sombra agreste.

Habíamos leído en el diario que el gobierno busca empezar a regular las sombras en las playas, quienes alquilan sombrillas y reposeras se apropian de toda la costa y no hay disponibilidad de sombra, que además, por lo general es escasa. Encontramos alguna cerca de un montón de basura, lamentablemente.


Más sosegados nos dirigimos a la casilla informarnos. Cobran 20 bolívares el estacionar el vehículo y en los baños hay duchas, es esencial para nosotros poder sacarnos la sal sin agotar nuestro depósito de agua.

Al poco tiempo, comienza a nublarse, llovizna después. Nos volvemos a meter al agua ya con lluvia manifiesta.

Luego, una ducha “expuesta”. El agua cae de los tanques y hay una sola pared, por lo cual cualquiera que estuviese en un radio de 180° podía vernos sin barreras. Tuvimos que abonar 9 bolívares cada uno y, así, salimos a buscar dónde dormir esa noche.

Nunca olvidaremos nadar en este mar fantástico, el día fue breve y con poco sol pero también eso lo hizo soportable en cuanto a temperatura.

Parque Nacional Mochica

Así llegamos hasta el cuartel de bomberos UDO (Universidad del Oriente) Cumaná, donde nos reciben muy amablemente y pasamos una noche distinta.

En Venezuela los bomberos intervienen en los accidentes y otras situaciones. En determinado momento, llega la policía a buscarlos ya que hay “un herido de bala de fuego” y es necesaria la presencia de personal. Antes había venido una camioneta a cargar los tubos de oxígeno para hacer buceo, antes salió la ambulancia a toda velocidad. Hubo ruido pero nos sentíamos muy tranquilos y resguardados en el lugar. Dormimos profundamente.

La noche del 23 sería muy, muy diferente.

Cascarita y sus amigos



Durante este viaje, Cascarita fue haciéndose de amigos.


Muchos de ellos se quedaron para jugar con los niños de Punta Arenas.

Isla de Margarita


14-03-13. Felices, a las 6,30 hs ya estábamos recorriendo las distintas playas de la Isla en busca de “El Lugar” para pasar varios días. Por suerte el dolor por la torcedura del pie, con antiinflamatorios y ciertos cuidados, fue cediendo y no interrumpió los paseos esperados.


En la primera etapa pasamos por Porlamar, Playa Guacuco, El Cardón, El Tirano, Parguito, El Agua, Manzanillo y nos quedamos en Juan Griego.

Porlamar: ciudad que apenas rozamos. Estacionamos y fuimos a hacer compras de comestibles y productos básicos (¡conseguimos papel higiénico cuando ya se nos estaba acabando!), a la vuelta el “cuidador” del vehículo no quedó satisfecho con el dinero que, a regañadientes, le dábamos. La amplia charla que se produjo, culminó con la duplicación del monto ofrecido inicialmente, (le terminamos dando BF 2. Sí, una miseria pero no nos gustan ciertos tipos de “trabajos” que alguna gente hace).

Los maniquíes manifiestan el ideal de estética femenina venezolana.
Playa El Agua: Llena de bares y restaurants, agencias de viaje con carteles en inglés, hoteles cruzando la calle, miríada de vendedores ambulantes (buhoneros, les dicen en Venezuela). Lamentablemente las sombras de las palmeras están ocupadas por las reposeras que se alquilan. Aprovechamos para caminar bastante.

Playa Manzanillo: Se trata de una pequeña y tranquila playa, ocupada básicamente por los botes de los pescadores. Se encuentran pocos lugares para comer.




















Juan Griego: Poblado sencillo, aunque con muchos comercios, no es tan turístico como El Agua y por eso nos sentimos más cómodos allí.


La primera noche la pasamos en un estacionamiento público frente a la Guardia Nacional, al costado del Mar Caribe, desde donde pudimos ver el hermoso atardecer entre los barcos pesqueros y las palmeras.



Los tres días siguientes estuvimos en un hotel y aprovechamos para comunicarnos con los nuestros por Internet y recorrer los sitios cercanos.


Disfrutamos de una hermosa mañana y de una exquisita piña colada en Playa Zaragoza.
Visitamos el Fortín de la Galera del que, si bien no queda mucho de su construcción, el predio está muy arreglado y las vistas desde el cerro son muy agradables.

En Playa Caribe, después de caminarla de lado a lado, pasamos largo rato leyendo frente al mar. Cuando estacionamos, unos niños muy caraduras se acercaron a mentir que cuidarían el vehículo. Durante la tarde los fuimos viendo por otros lados de la playa, en grupo, lejos del estacionamiento. Pasadas unas horas, uno se acerca a nuestros sillones de lectura y nos dice: “Argentinos, yo ya me tengo que ir”. Lo miramos y le decimos “Bueno”, a lo que agrega “¿Y la propina?”. Le explicamos que vimos que cerca de la Master no había nadie cuidándola, entonces pide algo para la merienda.

En Playa Galera alquilamos reposeras y sombrilla, pasamos el día entre baños en el fantástico mar, lecturas y caminatas al atardecer, en un auténtico y plácido día de playa.



















En la segunda etapa del recorrido conocimos:

La Guardia: Inicio del Parque Nacional Laguna de la Restinga, este pequeño y tranquilo poblado “compite” por los mejores atardeceres con Juan Griego. Por cierto, vimos una puesta de sol espectacular! Ah también desplegamos el toldo para almorzar (lo cual no es algo habitual, por la dificultad para encontrar un lugar adecuado).


También en la Isla se prepara el nuevo escenario.




















Por rutas cada vez más solitarias y pueblitos más pequeños, llegamos al extremo de la isla.




















Punta Arenas: En esta minúscula población de pescadores escapamos de la continuidad de restaurants y estructuras con toldos y reposeras, para estacionar cerca de “La Churuata de Raquel y Gustavo”. Allí conocimos a Bianca y Alejandro, dos argentinos que hacía un mes acampaban junto al comercio.

Nos relacionamos básicamente con un grupo de niños, hijos de pescadores y pescadores ellos mismos que,  vivaces y muy curiosos no tenían reparos en entrar a la casita sin invitación. 

Aprendimos mucho de ellos, cuando nos íbamos preguntaron: “¿cuándo vuelven?” .

Con Bianca y Alejandro.



















Playa El Yaque: destino internacional, sobre todo para practicar deportes de viento: wind surf y kite surf. Alegre, jovial, con edificaciones modernas, bares y restaurants caros, todo muy cool. 

La hermosa playa es muy pequeña, sus aguas son de color turquesa. También “hay que colaborar” para estacionar o, como hicimos, aparcar en un lugar más alejado.



















Conferry nos regaló otra hermosa tarde en la Isla Margarita (ver post anterior).


9 abr 2013

Salida y regreso de Isla Margarita. Experiencia con Conferry


13-03-13. Salida.
Llegamos a Puerto La Cruz, cerca del mediodía, con la expectativa de poder viajar a la Isla Margarita. Nos dirigimos a las instalaciones de Conferry para averiguar. Al preguntar por el costo y horarios del pasaje, una displicente empleada, en el mostrador de entrada, nos dice que hasta el día 28 de marzo no había pasajes. La miramos anonadados y agrega que si queríamos pasásemos a las 19 hs, ya que tal vez habilitaban algún barco. Nos manda a una ventanilla para preguntar sobre el transporte del vehículo y, otra empleada, nos explica que uno de los ferrys se había incendiado por lo que está en reparaciones, lo que implicó que se haya reducido la capacidad del transporte. En cuanto al precio, nos dice que hay que medirlo y que el precio es por metro lineal.
Nos fuimos decepcionados y al rato, pensando en cómo fue toda la situación, decidimos volver a preguntar de nuevo. Esta vez hay otra empleada en el mostrador que nos atiende amablemente y nos dice que volvamos a las 15 hs para ver si hay novedades.
Un poco más conformes vamos a pasar el rato frente al hermoso Mar Caribe.
Cuando volvemos ya somos varios lo que estamos en la misma situación de espera y sin noticias por parte de la empresa. Los interesados debemos acercarnos una y otra vez a una ventanilla en la que las empleadas, siempre distintas, sólo dice que no tienen novedades y se retiran de la misma si uno sigue intentado preguntar algo más.  En determinado momento le comunican a alguien que recién a las 18 hs se sabrá algo por lo que intentan persuadirnos de que nos vayamos y volvamos a esa hora. Nadie lo hace.
Ante el desconcierto de la situación, como es mi costumbre, empiezo a indagar empleando el método de preguntas a varias personas del lugar para recopilar datos de experiencias anteriores.
Me acerco a una señora pero me termina respondiendo con más ganas un señor que también estaba allí esperando. Él, venezolano, ya con otras experiencias en esa empresa, se disculpa por esta atención hacia los turistas.
Francisco nos entretuvo con juegos de lógica lúdica, ya que el y su pareja, Mariela, son fabricantes de juegos de ingenio. Nos hizo varias demostraciones y no regaló dos juegos: La argolla mágica y los clavos doblados.
Cuando estábamos los cuatro tomando un café en el bar del lugar, otras personas que habían estado disfrutando de estas exhibiciones empiezan a gritar: “Mago, mago, abrieron las ventas de pasajes para el ferry”, por lo cual nos abalanzamos hacia el lugar en el que ya se había formado una cola.
Al ver que todos tenían papeles en sus manos, pregunto y Mariela me explica sobre el formularios y las fotocopias de los documentos que tenemos que presentar. ¿Por qué nadie nos informó de eso antes para tenerlo preparado?
Nos dividimos tareas con Nel y yo corrí a la casita para buscar los documentos faltantes, con tan mala suerte que al bajar me doblé un pié por los desniveles de la calzada. Entre las corridas y la emoción sólo percibí el intenso malestar unas horas después cuando el dolor no me permitía siquiera apoyar el pie.
¡No lo podemos creer. Conseguimos pasajes para ese mismo día! Nos dijeron que era el Expreso, que cuesta más del doble que el Ordinario, pero no nos dieron opciones, y ante nuestra sorpresa también pudimos elegir la fecha de regreso.

A las 18 hs ingresamos el vehículo al puerto y esperamos hasta las 21 hs en que lo subimos al ferry. Quince minutos después partíamos hacia la Isla Margarita, a la que llegamos después de cinco horas. ¿Y dónde quedaron las 2, 30 hs que tardaría el Expreso?

21-03-13. Regreso
Después de ocho hermosos días en la Isla Margarita, nos acercamos lentamente para abordar el ferry a las 14.00, a esa hora debíamos estar, ya que la hora de salida era a las 16.00. 
Cuando llegamos a la taquilla, nos informan: “Lamentablemente el Expreso está en mantenimiento”. Por ello nos explican que nos dan gratis los pasajes en el Ferry Ordinario y los tickets sacados anteriormente, los podríamos utilizar en el plazo de un año. Tenemos que volver a las 19.00 hs para abordarlo. Preguntamos sobre las características del ferry común y nos dicen que el viaje lleva cinco horas, a lo que respondimos: “La ida también duró ese tiempo!” (Y era Expreso, o al menos eso pagamos).
Tanto el empleado como el resto de quienes estaban en la oficina, se rieron e hicieron gestos de “así son las cosas”. Reiteraron sobre los pasajes gratis, y la posibilidad de usar luego los ya sacados, lo que recibió miradas irónicas de nuestra parte.
Volvimos a las 19.15 hs. y una larga fila de automóviles ya estaban esperando, lo cual nos tranquilizó, en algún momento íbamos a salir. Nos enviaron a la fila 2, no sabemos con qué fin ya que de repente hubo una especie de estampida y, súbitamente, todos los autos (de la totalidad de las cuatro o cinco dársenas que había), salieron casi al unísono cambiando sus puestos e hileras. Nosotros quedamos casi últimos en una fila de dos carriles.
Preguntamos a gente que habitualmente usa este servicio y nos respondieron que: “siempre es así”, uno de ellos agrega que la forma de conducir en el acceso es: “cada vez más agresiva”.

Recién a las 21.15 embarcamos y, paradójicamente cuando nos ubicaron en el ferry (debido a la altura de nuestro vehículo) quedamos en el segundo lugar para salir una vez en tierra, jajaja!
Finalmente salimos a las 22.00. Por supuesto llevábamos encima la cámara para sacar fotos durante el viaje diurno (¡!) con sus pilas de repuesto, la notebook para aprovechar el wifi (hubo en el primer viaje, en este no), ganas de ver delfines nadando cerca del barco. Igualmente el Caribe nos regaló una hermosa noche para navegar.
Vemos que mucha gente se acomoda en la cubierta exterior, el suelo de los diferentes niveles o en los sillones, para dormir durante el viaje. Como en el de ida, el barco está muy gastado por el tiempo y el uso.
Intentamos dormir en unos asientos muy incómodos, deben estar diseñados para ir perfectamente sentados, pero ¡queríamos reposar un poco! Imposible. Además, la potente luz blanca del techo, que no disminuyó en toda la noche, perforaba directamente la pupila, o el párpado, según corresponda.
Uno de nosotros (el varón) despertó sobresaltado en un momento y preguntó: “¿subieron la luz?” A lo que su acompañante (la mujer) lo miró con cara llena de ira, ya que no había logrado dormir un segundo.

El Guapo y Píritu

En El Guapo, un pequeño poblado, sólo paramos para pasar la noche.
Nos parece importante destacar la actitud de la Policía del Estado de Miranda, quienes muy amables y cordiales nos invitaron a pasar al hermoso predio del lugar con césped, árboles y palmeras, prolijamente cercado. La agente que nos recibió inicialmente nos ofreció el baño para tomar una ducha. ¡Qué lindo gesto!
Estamos realmente conmovidos por el trato de las fuerzas de seguridad de este país, ya que veníamos un tanto alertas por los comentarios negativos que nos habían hecho sobre las mismas en otros lugares, sobre todo en Colombia.
Al día siguiente fuimos pasando pueblos por rutas tranquilas y de paisajes más bien selváticos.
Auto en la carretera. Nos pareció simpático el altoparlante

Paramos en Píritu. Estacionamos frente a su Plaza Bolivar. Un habitante descansaba plácidamente .
 


Visitamos su Iglesia de fachada austera. Ya adentro nos encontramos con estas imágenes, entre otras, que llamaron particularmente nuestra atención.
 


Una experiencia agotadora. Camping Los Caracas

Si me preguntan acerca de cómo son los venezolanos, yo los describiría como gente amable, cordial, generosa, conversadora, alegre. Uno de ellos nos dijo: “Nosotros siempre tenemos motivos para festejar: que egresó un hijo, que llegó mi hermana. Nos juntamos, comemos, escuchamos música y bebemos”.  Y damos fe de ello, en casi toda Venezuela nos han recibido con calidez, brindándonos ayuda e invitándonos a participar de sus costumbres.
Será por eso que me cuesta muchísimo relacionar la idiosincrasia de estas personas, con las actitudes que observamos en relación a los desechos y a las pocas ganas de trabajar de algunos sectores de la población.
Una experiencia que no me dio descanso, por varios motivos, fue la que vivimos en el Camping Los Caracas (estatal), a orillas de un río que no recuerdo su nombre y a unos 100 metros del Mar Caribe.
Llegamos un domingo por la mañana y, aunque descuidado y con basura tirada, a primera vista observamos que cumplía con nuestras necesidades básicas para acampar: espacios amplios con grama, baños, duchas, piletas para lavar y parrillas.



Teníamos mucha ropa para lavar, por lo que nos ubicamos debajo del único árbol que aún estaba libre, tanto para aprovechar su sombra como para poder atar nuestra soga para colgar la ropa. No sólo terminamos de estacionar y comenzó a lloviznar, sino que tuvimos tan mala suerte que no nos dimos cuenta de que ese lugar había sido usado como baño, por lo que al rato, los dos habíamos pisado materia fecal humana. No sólo tuvimos que limpiar nuestros calzados sino lavar el piso de la casita, más de una vez ya que no podíamos descubrir, bajo las hojas secas que cubrían el suelo, cual era el sitio que había sido usado como “inodoro” y reiterábamos el error.
Para qué contar que también había un hormiguero de hormigas rojas oculto (debía ser subterráneo porque nunca lo descubrimos), que más de una vez atacaron con todo fervor nuestras piernas.
A medida que transcurría el tiempo, el lugar se empezó a llenar de autos con familias que abrían sus baúles exhibiendo los inmensos parlantes, que lo ocupan casi en su totalidad, e invitando a todo el que esté cerca o lejos a oír su música a todo volumen. De este modo podíamos “disfrutar” de cuatro, cinco o más alegres melodías diferentes al mismo tiempo.
Mover la casita ya era imposible, sólo atinamos a adelantarla unos metros quedando casi sobre el camino de entrada de los automóviles, pero intentando evadir el falso baño y el misterioso hormiguero.
Después de almorzar, para descansar, salimos a caminar. A unos 100 metros teníamos el hermoso Mar Caribe. Lamentablemente, una vez más los bellos paisajes naturales de Venezuela se ven eclipsados por la desagradable actitud humana en relación a los desechos. Casi todo el país está regado de residuos, y este lugar no escapa a ello. La vista y los olores que emanan le quitan a uno las ganas de caminar, y menos aún, de sentarse y permanecer para disfrutarlo.
En cierto momento se acercó una familia muy simpática, de Caracas, atraídos por el motorhome. Alex nos pasó un plano actualizado de Venezuela para el GPS y Erika nos contó con mucha emoción la profunda tristeza que sentía por la muerte de Chávez. Haciendo un análisis bastante imparcial decía: “Con aciertos y errores, uno sabía que él estaba ahí. ¡Fueron 14 años! Yo me levantaba y sabía que él estaba. Ahora todo es incierto”. Como muchos otros chavistas con los que conversamos, ella se refería a “nosotros” y “ellos” para referirse a los “chavistas” y los “escuálidos” (la oposición) respectivamente.


Sí, todo eso es basura

Por la noche la gente comenzó a retirarse. Después de las 21 horas volvió el silencio quedando el espacio plagado de botellas plásticas y de vidrio, platos, vasos y cubiertos descartables, bolsas de nylon, pañales, restos de comida, etc.



Al día siguiente nos despertamos en medio del silencio y con un rayito de sol que entraba por una de las ventanas. Día lindo para lavar ropa, me dije.



Estábamos totalmente solos en el camping, desayunamos al aire libre. A eso de las 8 horas comenzaron a llegar grupos de personas, algunas con las correspondientes remeras y gorros rojos que los señala como empleados estatales. En total nueve, cinco mujeres y cuatro hombres.
¡Qué bueno! Pensé. ¡En un rato quedará todo el predio limpio!
Se dividieron en dos grupos. Uno con siete personas, de las cuales dos tomaron rastrillos y comenzaron a juntar hojas caídas de los árboles, el resto se sentó en una de las mesas. Todos charlaban en voz muy fuerte. Me pareció que discutían pero por momentos se reían.



El otro grupo, de tres hombres se dirigió hacia otro sector con tachos que contenían pintura y un rodillo. Dos, parecían que tenían algún interés en pintar unos bloques de cemento, el tercero “supervisaba”, aún no sabemos qué.
Empecé a lavar ropa, bastante incómoda ya que me mojaba los pies porque el caño de desagote parecía sólo un simulacro, ya que el agua caía por debajo de la pileta y salpicaba para todos lados.
                   
Nelson lavaba la Master. Los señores de la pintura nos miraban trabajar.
Al rato ellos estaban así:

Y más tarde así:


A los pocos minutos de empezar a lavar la ropa, del sector del grupo de mayoría de mujeres, empezó a levantarse una humareda. Habían empezado a quemar las hojas que juntaban, a unos metros de la pileta en que yo lavaba y, como el viento venía de allí, me envolvía totalmente. Mis ojos empezaron a lagrimear.


El humo intenso continuaba hasta la Master y hasta la soga que atamos para colgar la ropa. Tuve que interrumpir mi actividad y esperar… Aproveché para tomar algunos registros fotográficos.
Si tenían pensado quemar todas las hojas caídas sobre el lugar llevaría varios días, pero no. Al rato cinco personas estaban sentadas y una sola rastrillaba.
A las 9,30 hs, cuatro mujeres se fueron del camping. Los hombres de la pintura seguían sentados. Salvo por el olor muy fuerte del humo que dejó absolutamente todo impregnado, casi nada había cambiado en el paisaje.
Los residuos seguían allí, los montones de hojas también y la pintura siguió recluida en sus tachos sin poder exhibirse, orgullosa, sobre ninguna superficie.


Ya con menos humo en el ambiente, retomé mi tarea de lavandera.


A eso de las 11 horas, los señores de la pintura se cansaron de charlar y mandar mensajitos por sus celulares y se fueron, dejando un tacho allí. ¿Volverán?


Pasaron las horas y no volvieron. Ni las señoras ni los señores.
En este río nadan los chicos
Nosotros cansados, lavamos la ropa que llevábamos puesta porque aunque limpia, estaba impregnada del fuerte olor a humo. ¡Terminamos agotados y sorprendidos por la jornada laboral que habíamos presenciado!