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¡Hola!

Este blog es un lugar, un lugar en movimiento para compartir.

Compartir los viajes, los paisajes, las vivencias, las alegrías, las reflexiones y, por qué no, las penas, que, esperamos, no sean muchas.

¿Por qué territorio? Porque es la tierra que nos aloja y es, también, el aire, el mundo material y simbólico, las ilusiones y herencias que también nos sostienen.

¿Por qué en movimiento? Porque, al movernos, lo cambiaremos y será cambiado. Por el paisaje, la gente, el camino, otros soles, nuevas lluvias; en este desafío de trasladarnos con nuestro territorio a largo plazo, en el tiempo y en el espacio.

¡Suban con nosotros y acompáñennos! ¡Pongámonos en movimiento!

Adriana y Nelson


4 may 2013

De la frontera venezolana a Manaos.

08 al 11-04-13.


Hacemos la primera noche en Boa Vista. Frente al posto de gasolina en el que paramos hay un supermercado grande. Entramos y quedamos deslumbrados como niños en una juguetería. 

Luego de la experiencia en Venezuela nos sorprende ver todos los productos en las góndolas, limpios, presentables, con sus precios, iluminados. Hay papel higiénico, leche, manteca, lo que uno busque.

La tarjeta de débito funciona perfectamente (en Perú y Ecuador pocos negocios las aceptan, en Colombia teníamos que pagar con crédito, en Venezuela los supermercados chinos no las recibían). Casi estamos en casa, pensamos.



Un feo monumento marca el lugar donde “pasa" el Ecuador.


Venta de artesanías antes del ingreso a la reserva.

Entramos a una reserva del valiente pueblo Waimiri Atroari, el cual defendió con su sangre su tierra para evitar que pase esta ruta. Luego de muchos enfrentamientos que supuso la muerte de soldados del ejército y de estos pobladores originarios, se accedió a la construcción de la ruta bajo ciertas condiciones: no se puede detener en ella, está abierta al paso sólo de 8.00 a 18.00hs, no se puede filmar ni sacar fotos.

Con cierta expectación viajamos a velocidad crucero, mirando atentamente. La selva es distinta, muy espesa, se nota que es bosque primario.

De repente, de la espesura surge un magnífico jaguar, cruza despaciosamente el asfalto y ya, desde el otro lado, gira su cabeza y nos ve, de un ágil salto se hunde nuevamente en lo oscuro de la selva. Quedamos sin habla, la belleza del animal y sus movimientos nos conmovieron profundamente. Los aborígenes deben tener razón, al rechazar “nuestra” civilización.

Casi al final de la carretera, un grupo de niños realizaban alguna actividad cerca de la carretera. Al vernos, las niñas cruzan la ruta y se esconden rápidamente en la selva. Dos de los niños permanecieron en el lugar y uno de ellos nos saluda con el pulgar hacia arriba cuando pasamos lentamente.

Se trató de una experiencia singular, donde sentimos que por esos kilómetros se nos permitió transitar por ese lugar que no nos pertenece.

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